Testimonios

12 Oct 2016

Amada Rosa Pérez

Enviado por Galsuinda

Mientras me envían las fotos del curso de de capacitación en Logroño (España) traigo unos minutos de la peli «Tierra de María», que no pueden dejar de ver completa.

Amada Rosa Pérez entró a un gimnasio a los 18 años y alguien le preguntó: ¿Te gustaría ser modelo? Pensó "Dinero, fiestas, fama, éxito, viajes... ¡quiero!"
En poco tiempo, cuatro premios de belleza la convirtieron en top model y actriz. Una progresión meteórica que se vio amenazada por varios embarazos... de solución "fácil".

Su testimonio de sanación post aborto lo cuenta en «Tierra de María» documental de J. M. Cotelo. Aquí unos momentos de la película: https://www.youtube.com/watch?v=8g4ZKAvfqjg 

22 Jul 2016

 Era muy joven cuando tuvo aquel embarazo no deseado y entonces, escogió abortar. Unos años después todo parecía ir bien en su vida, hasta que decidió quedarse embarazada. Era el comienzo de una historia asombrosa.

MarieMarie nació y se desarrolló en una Francia laicista… nadie hablaba de religión en su hogar de París, llegando a ser un tema “tabú e incluso ridículo”, cuenta ella misma en un artículo de revista  L’1visible (Nr.71, junio 2016). Sus padres no pensaron siquiera en bautizar a su hermano ni a ella, y parece entonces lógico lo que Marie testimonia. “Durante los primeros veinte años de mi vida, no solía preguntarme sobre la existencia de Dios. Las iglesias me interesaban desde un punto de vista arquitectónico, nada más. Podría decirse que Dios era para mí casi una mala palabra en la boca”...

Tenía veinte años, una vida sexual según su cuerpo lo pidiese y sin desearlo quedó embarazada. No sintió angustia cuando decidió abortar a su hijo. “A los 20 años yo aborté, por comodidad… los estudios, la inmadurez de mi familia, el deseo de disfrutar mi juventud”.

Marie recuerda haberse convencido a sí misma que si era madre con 20 años, para sus padres habría sido como caer al suelo desde las nubes. Tampoco en la Clínica los ‘profesionales’ le aconsejaron alguna otra alternativa que no fuere el aborto… “Lo único que me dijeron fue: «Ya tendrás tiempo después para tener uno de nuevo»”. Muy bien, muy bien, hagámoslo, fue mi respuesta dice Marie… y así dictó la sentencia final para su hijo. 
Una enfermedad que se rebela… y revela

Los cinco años siguientes Marie los vivió incluso con alegría, recuerda, sin sentir culpa ni dolor por su decisión. Lo había enterrado cuidadosamente en lo profundo de su conciencia. Lo descubriría con el tiempo, cuando tras casarse decidió con su esposo tener un hijo. Se sentía emocionalmente “incómoda” Marie las primeras semanas, hasta que tras dos meses y medio de embarazo padeció un aborto espontáneo. “Mi cuerpo trataba de decirme algo, pero yo no era capaz de comprender. Unos meses después volví a quedarme embarazada, pero ocurrió lo mismo, un nuevo aborto involuntario”.

Luego de este nuevo término inesperado Marie comenzó a sufrir períodos de insomnio y en los breves lapsos en que podía conciliar el sueño tenía pesadillas con fuertes sensaciones de culpa y miedos inexplicables. “Finalmente logré entender la fuente de mi malestar: No podía soportar el aborto que yo me hice. ¡Esta es una carga muy pesada de llevar para una mujer joven que quiere convertirse en una madre!”

Comprendió que debía enfrentar lo que vivía y comenzó a participar del programa de acompañamiento para madres en luto de Agapa, una asociación que ofrece este servicio. “Durante un año, necesité un hombro para ayudarme a curar esa herida. Al final del curso, fui mejorando... Pero me faltaba algo esencial que no lograba encontrar”.

Amada por toda la eternidad
 
El año 2012 fallecía el abuelo del esposo de Marie. Tuvieron que ir a la Iglesia y estando allí,  en medio de esa celebración que en un comienzo creyó que sería solo algo social, sus ojos se posaron sobre un Cristo en la cruz. Lo que entonces ocurrió hizo caer en apenas un tenue soplido los arquetipos del laicismo que habían ahogado la vida de Marie. “Me sentí atraída, sentí su cálida acogida. Yo me dije en ese instante: «Aquí, puede estar aquello que estaba buscando...» Dos días después empecé mi catecumenado”.

Los dos años siguientes Marie comenzó a leer y estudiar regularmente la Sagrada Escritura, a disfrutar en misa, compartiendo con su catequista y otros catecúmenos de distintas edades, algo que le sorprendía, que como ella habían pedido ser preparados para el bautismo. Pero principalmente agradecida de las oraciones de su esposo católico que era el más feliz con su conversión.

“Fui bautizada en la Pascua de 2014, a la edad de 28 años. ¡Por fin había encontrado lo que necesitaba para curar mi aborto: el perdón de Dios! Miré este perdón y lo recibí. Le presenté mi carga, me sentí liberada por primera vez en muchos años. Perdonarse a uno misma sigue siendo lo más difícil. Mientras tanto, mi marido comenzó un viaje hacia la confirmación. Juntos nos confirmamos en Pentecostés que siguió a mi bautismo. A pesar de que mi fe no es como una línea recta, nunca podría volver atrás… ¡Es demasiado bueno saberse amada por toda la eternidad!”

23 Jun 2015
El síndrome post aborto golpea a muchas mujeres (y hombres). Pero es ignorado por los medios de comunicación porque “incomoda”. ¿Qué experimenta una mujer, una mamá en el momento del aborto? ¿Y sobre todo después? Les compartimos algunos testimonios sinceros y sufridos que hablan por sí solos. Contados en primera persona. Incluyen la invitación a hacer un camino de “sanación” (que no excluye a los hombres).
 
Historias de llanto y de dolor
1.- «Me llamo Serena y soy de Roma. Hace siete años conocí el infierno, por no haber sabido ser paciente; debía reflexionar y comprender lo que hubiera sido más correcto para mí y para mi hijo. En lugar de eso, me lancé sobre la opción más fácil. Cada instante revivo aquel de aquel maldito día con dolorosa lucidez y en cada ocasión el dolor se renueva, provocándome un dolor indescriptible. Yo, que soy considerada por todos como tierna, madura y sensible, he matado, porque de esto se trata, a mi niño. Yo, que lo debería haber protegido, he sido quien lo ha torturado».
 
2.- «Tengo 37 años y me llamo Lucía. Hace dos años con una enorme alegría estaba por ser mamá, pero mi compañero no estaba de acuerdo y se comportó en modo violento; tenía miedo y por eso decidí cambiar de ciudad para llevar adelante con serenidad el embarazo. Pero no fue suficiente: no me sentía segura y no tuve la valentía de proseguir la gestación. El trauma ha sido enorme. Se apagó la luz en mí y el sentido de culpa me comía viva. La depresión me impedía retomar mi vida; todo me parecía inútil, insignificante».
 
3.- «Cuando después del test me percaté de que estaba encinta, qué miedo, cuántos gritos, qué días de angustia! Tenía 18 años. Mis padres no tomaron bien la noticia y me dijeron que si no abortaba debía irme de casa. Tenía que decidir sola: nadie me habría dado hospedaje y mi novio había desaparecido. Deseaba tener a mi hijo, pero ¿cómo? Lloraba permanentemente. Después lo hice, aborté. Estuve muy mal: es una experiencia brutal que ha marcado mi vida y que no deseo a nadie».
 
4.- «En la sala de operaciones, antes del aborto, me daba vergüenza, me sentía violentada, golpeada en mi intimidad. Eran cinco a mi alrededor. Al despertar, estaba como paralizada: cuando me di cuenta de que no sería mamá, experimenté un tormento indescriptible. “No existe más! No existe más!”, gritaba desesperada dentro de mí. Desde ese momento comenzó mi calvario, hecho de remordimientos y de un sufrimiento que no se puede cancelar».
 
5.- «Me llamo Victoria. Era muy joven cuando quedé en cinta. No quería aquel embarazo, pero nadie intentó hacerme cambiar de opinión. ¿No era mi derecho? Hoy tengo 32 años, estoy casada y tengo dos niñas. Pero hoy en día mi pensamiento va frecuentemente a aquel niño, a aquel pequeñito, a Andrés, que no quise. Estoy segura de que si alguien me hubiera explicado, dicho o sólo preguntado si lo había pensado bien, hoy mi hijo tendría 13 años».
 
6.- «Siempre me había considerado como alguien que respeta la vida, pero las circunstancias me llevaron a ese infame gesto… El aborto voluntario tiene la capacidad de mandar todo a volar. Es como si te arrancaran alma y cuerpo, dejándote en pedazos. Sólo un poco después logré vencer mi orgullo para admitir que la mía había sido la peor decisión. No sólo porque el aborto es el homicidio voluntario de un hijo por parte de su madre, sino también porque los síntomas que se manifiestan después son tan graves y destructivos para el cuerpo y para la psique (como me sucedió a mí), que diría que hubiera sido mejor tener aquel niño».
 
«Hubiera sido mejor tener aquel hijo»
2 Ene 2015
ABC A.V.G.ANAVERONICA 
 
La cantante revela a la revista «Rolling Stone» que esa experiencia le atormenta desde que era jovencita
Hay mucha más Nicki Minaj que esos sensuales movimientos de su prominente trasero que interpreta en el vídeo de «Anaconda» y a los que nos tiene acostumbrados. La cantante se sincera en el número de este mes de la revista «Rolling Stone» y desvela su lado más desconocido y vulnerable.
 
Así, la artista de 32 años confiesa que en su juventud, cuando aún estudiaba en un instituto de Nueva York, salía con un chico de Queens mucho mayor que ella y de quien se quedó embarazada involuntariamente. «Creí que me moría», revela a la revista. Y continúa explicando que «era tan sólo una adolescente, fue lo más difícil por lo que he tenido que pasar». La intérprete decidió abortar, y «eso me ha perseguido toda mi vida» admite en las páginas de «Rolling Stone» muy afectada 16 años después.
 
De hecho, Minaj habla sobre el aborto en las adolescentes en una de sus canciones, «All Things Go», que estrenó a principios de este mes y que dice «mi hijo con Aaron cumpliría 16 en cualquier momento», en una clara referencia al hijo que habría tenido de no haber abortado con 16 años.
 
Además, la cantante ha declarado en varias ocasiones su voluntad de convertirse en madre incluso ha llegado a decir que si después de su «quinto álbum no tiene ningún hijo, no importa cuánto dinero tenga, me sentiré decepcionada como mujer porque siento que he sido puesta aquí para ser madre».
3 Abr 2014
Entregar mi niño a Cristo ha sido lo más grande.
 
«No me podía imaginar que por un dolor se pudiera dar gracias a Dios y celebrar la Eucaristía. Poder entregar mi niño a Jesucristo es lo más grande que me ha pasado». La carta de agradecimiento que reproducimos en esta página muestra a la perfección lo que significa Proyecto Raquel para las personas que sufren tras un aborto: no se trata sólo de la necesaria sanación psicológica, sino de un proceso integral de reconciliación con Dios, con el hijo perdido y con todas las personas implicadas en el aborto.
 
Queridísima: Quiero empezar dando muchísimas gracias a Dios por habernos puesto en el camino, por haberte conocido y encontrado. Y por haber puesto en mi vida el Proyecto Raquel, que tanto bien me ha hecho al liberarme del dolor y el sufrimiento tan grandes que tenía, y que me hacían incapaz de caminar.
 
Han pasado ya unos meses desde que, por la gracia de Dios, llegamos al Centro de Orientación Familiar (COF) de Valladolid, enviados por la parroquia, para aprender los métodos naturales [de reconocimiento de la fertilidad]. Fue en el COF donde saliste a nuestro encuentro. En una de las sesiones, al expresar también dificultades en la relación sexual, me preguntaste si había tenido algún otro embarazo. Te conté que, en 2007, tuve un aborto voluntario. Entonces me hablaste de Proyecto Raquel, de su significado y su fin. Me invitaste a hacerlo. Yo confié en ti, me puse en tus manos, y empezamos, sesión a sesión.
 
La primera sesión me resultó muy dura, porque hacía años que no hablaba del aborto. Lo tenía oculto, escondido. Pensé que, con los años, todo se pasaría. El hablar de ello me dolía, y me resultó muy duro volver a recodar todo lo sucedido. Cuando acabó la sesión, salí asustada y con ganas de no volver. Pero me acuerdo de que, antes de empezar, me habías ofrecido rezar una oración conjunta. Y, al finalizar, rezamos el Ángelus con dos compañeras tuyas. La oración me dio una fuerza muy grande, la estuve repitiendo día tras día, para poder volver a la siguiente sesión. Gracias a Dios, pude.
 
Me dolía, pero me liberaba.
 
Las siguientes sesiones también fueron muy duras, porque estaba recordando todo mi pasado, y había muchas cosas de él que no me gustaban. Me dolía mucho hablar de todo ello. Pero, a la vez, me hacía sentir muy bien. Me parecía que me estaba liberando de una carga muy grande, que he llevado dentro de mí durante muchos años.
 
Hubo una sesión que me marcó muchísimo: la sexta, cuando estuve leyendo ante el Santísimo unas cartas a todas aquellas personas que formaron parte de la decisión de no seguir adelante con el embarazo. Me acuerdo de que, a la vez que las leía, rezábamos juntas por todas esas personas al Santísimo, que teníamos expuesto ante nosotras. Era algo increíble lo que estaba viviendo. Y tú estabas a mi lado. Quiero darte las gracias, porque en todo momento me has acompañado y me has arropado. Gracias, porque has sido como una madre para mí.
 
Cuando salí del santuario de la Gran Promesa después de esta sesión, me parecía que estaba flotando porque, a pesar del dolor que sentía, el Señor Jesús en su infinita misericordia me había dado la gracia de sacar todo lo que había dentro de mí: resentimiento, rencor, ira..., que había ido guardando tantos años; y me había concedido el don de perdonar a todas esas personas y ofrecérselo todo al Santísimo. Me sentí libre, como si me hubiese quitado una mochila que pesaba muchísimo y que me había hecho mucho daño durante años.
 
La misma alegría que con mi hija
 
Las siguientes sesiones fueron más suaves, hasta que llegamos a la de la celebración de la Eucaristía en acción de gracias por mi hijo, y a la preparación de la canastilla. Fue algo precioso. No me podía imaginar todo esto, que por un dolor se pudiera dar gracias a Dios y celebrar la Eucaristía. Fue una Misa preciosa, de las más bonitas que he vivido en mi vida. Poder entregar mi niño a Jesucristo es lo más grande que me ha pasado, y sentí una liberación grandísima.
30 Mar 2014

Meg Pérez tenía 18 años cuando se quedó embarazada por primera vez de manera imprevista. Vivía lejos de la casa paterna al conocer su estado, y como joven católica y provida sabía que el aborto no era opción. Así que regresó con sus padres para continuar la gestación con su ayuda.
No considerándose en circunstancias de criar a su hijo, encontró un abogado católico especializado en adopciones que encontró un matrimonio católico que no podía tener hijos y se comprometió a educar en el seno de la Iglesia al pequeño que naciera.
Para ella fue muy difícil tomar la decisión dar a su hijo en adopción: "Realmente quería quedármelo, pero en lo profundo de mi corazón sabía que no podía ser una buena madre para él a mi edad. Tendría que depender de mis padres, los problemas me superaban. Le amaba más de lo que me amaba a mí misma, y justo en eso consiste la adopción".
Lo vivió, por tanto, como un sacrificio que hacía por su hijo, para darle a través de esa familia, que era perfecta para él, lo que ella no podía darle.

Dando tumbos
Meg, sin embargo, decidió no tener más hijos. Continuó con su trabajo y siguió yendo a misa los domingos, pero según su testimonio, recogido en LifeActionNews, "no llevaba la vida que Dios quería" para ella. Apagó sus penas en alcohol y perdió muchos años sin dirección alguna en su existencia. Cuando, a través de su abogado, quiso contactar con la familia adoptiva de su hijo, éstos se negaron.
"Fue muy doloroso para mí", recuerda: "Eso alimentó mi ira y continué dando tumbos durante años. Padecí un trastorno alimentario. Mi familia era muy piadosa y los fundamentos de mi fe eran fuertes, pero en verdad sufría tremendamente con la situación. No era algo malo, porque era un dolor redentor. Cuando eres una joven con un agujero en el corazón, es muy difícil llenarlo".

Matrimonio, y madre al fin
Con el tiempo logró un puesto como presentadora de informativos de televisión y se casó. Durante su matrimonio sufrió cuatro abortos naturales, uno de ellos con gemelos. Ahora sí quería niños, y finalmente su marido y ella tuvieron un  hijo.

7 Mar 2014

Cuando Ania1 descubrió que estaba embarazada, quedó con su novio para ver qué hacían, pero él ya lo tenía todo calculado: había pedido cita al día siguiente en un centro abortista. «Yo no quería hacerlo, era mi hijo -recuerda-. Pero no sabía qué podía hacer, y no era capaz de decirle que no». Su testimonio se parece al de muchas mujeres: el supuesto derecho al aborto no es más que el pretexto en el que se amparan las personas que las presionan para acabar con sus hijos. Después de la muerte de su hijo, quienes se han preocupado por ayudarle de verdad. 

Estaba lejos de casa, en un viaje de trabajo, cuando me hice la prueba de embarazo. Al ver que salía positivo, empecé a temblar. No sabía si llamar al chico con el que estaba saliendo para decírselo, o esperar a volver. Al final le llamé, y él se quedó sin palabras. Solo me dijo que nos viéramos cuando llegara a casa.

Quedamos el mismo día en que volví a mi ciudad, pero él había cambiado. Estaba muy nervioso, fumaba un montón. Cuando nos pusimos a hablar, lo que me dijo fue: No te quiero, y he hablado con mi abogada para que hagamos un aborto. Ya había pedido fecha y hora en una clínica, para el día siguiente. Al oír esas palabras tan frías me eché a llorar. Le dije que no quería hacerlo, que era mi hijo. Pero no sabía qué podía hacer yo, pensando en mi situación. 

No podía acudir a mi familia, porque tenía una relación muy mala con mis padres; no me iban a dejar quedarme en casa. En ese breve espacio de tiempo, se me pasaron mil cosas por la cabeza. Te entra miedo, no sabes qué hacer ni cómo reaccionar. Al final, le dije que si realmente quería hacer eso, lo organizara todo él, porque yo no podía. 

O firmas o te largas

La noche anterior al aborto fue la más larga de mi vida. Tenía muchísimo miedo, me sentía muy sola, y no podía contarle a nadie lo que me estaba pasando. Pero no era capaz de decirle que no. Cuando llegó el día, comencé a llorar durante el camino hacia el centro abortista, y ya apenas paré durante el proceso. Lo recuerdo con todo lujo de detalles: pasamos a la sala de espera. Yo estaba temblando de miedo. No estaba segura de lo que estaba haciendo, pero ya no me podía echar atrás. En la sala había más chicas, y una me impresionó mucho porque tenía bastante barriguita. Yo sabía que dentro había una persona, y que esa chica había venido a lo mismo que yo.

El siguiente paso fue la consulta del médico, me hizo sentar para hacerme una ecografía. Lo hizo sin ninguna delicadeza. Grapó la foto en la hoja donde yo tenía que firmar y al verla me puse otra vez a llorar. Estaba viendo a mi bebé. El médico me dijo: O firmas, o te largas. Era extremadamente frío, su cara no expresaba ningún sentimiento. Ni leí el papel, pero mientras lo firmaba pensaba Dios mío, qué estoy haciendo, por qué lo estoy haciendo».

Solo quería quitarse al hijo de encima

Una enfermera me hizo pasar a otra habitación y me dijo que me tranquilizara, que no me iba a doler. Allí me quité la ropa, me puso el camisón de hospital, y me llevaron a la sala de abortos. Solo me había quedado con la cruz de la Primera Comunión. La cogí, le pedí perdón al Señor, le dije que tuviera compasión de mí. Así, con la cruz en la mano, me quedé dormida. 

Me desperté en la habitación donde me había cambiado de ropa. Al saber que ya lo habían hecho, mi llanto fue desgarrador. Y lo peor de todo es que, mientras yo estaba así, mi novio estaba hablando por el móvil, como si fuera algo normal. Tenía todo tan controlado… que me pregunto si quizá no era su primera vez. Después de salir del centro abortista, desapareció y no lo volví a ver. No le importó cómo me sentía, sólo quitarse al hijo de encima. Un día, me lo encontré, y me trató como si no hubiera pasado nada». 

Una religiosa lloraba conmigo

 

Ya sola, empecé a caminar por las calles como una zombie. No pensaba, no sentía nada. Sólo andaba. No era capaz ni de llegar a mi casa. Terminé yendo a un convento, donde conocía a la superiora. Me abracé a ella llorando, y le conté que acababa de abortar. Ella lloraba conmigo, y me dijo que sentía mi dolor, que Jesús me amaba y estaba conmigo. Cuando me tranquilicé, me explicó que tenía que confesarme en la catedral, porque el aborto era un pecado muy grave. Ella misma me acompañó al día siguiente.

Desgraciadamente, no encontré el consuelo que estaba buscando. El sacerdote no me dijo nada que me diese fuerzas o me inspirara, sólo “Reza esta oración, ya estás perdonada”. Pensé: ¿Para eso he tenido que venir a la catedral? Aunque sabía que Dios me había perdonado, conmigo misma no estaba bien. 

Durante cuatro años, lo que hice fue intentar no pensar en el tema. Lo tapaba con otras cosas: con un montón de trabajo, con el alcohol, teniendo relaciones con chicos… Si veía un bebé me lo recordaba por un momento, pero enseguida desconectaba.

Ante la Virgen embarazada

9 Dic 2013

Testimonio de Judith

Enviado por Galsuinda

“Judit”, como dijo llamarse, asegura que la presión del entorno para que abortara, era cada vez más grande, “y yo me dejé convencer. Mi amigo me acompañó hasta el médico y después de algunos días decidí hacer el aborto en una clínica privada. El día que se llevó a cabo es como una quemadura: no se perdió la cicatriz.

3 Dic 2013

 
Tras su exitoso paso, hace ya unos cinco años, por las pasarelas europeas y diversas producciones para la televisión, Amada Rosa Pérez, desapareció de la escena pública sin dejar rastro alguno. Hace poco ha vuelto, pero esta vez no para deslumbrar a hombres y mujeres con sus atributos físicos y su encanto personal sino para dar testimonio de su conversión después de haber abortado e intentado suicidarse 
 
RL Amada Rosa Pérez llegó a ser una de las modelos de pasarela más cotizadas del país pero hace cinco años desapareció de la escena pública sin dejar rastro. Hace unas semanas volvió a ser noticia al compartir su testimonio de conversión en una entrevista concedida al diario El Tiempo. Amada confesó que padeció una enfermedad que le quitó el 40 por ciento de la audición en el oído izquierdo y empezó a cuestionar toda su vida. «Me sentía inconforme, insatisfecha, sin rumbo, sumergida en satisfacciones pasajeras, pero siempre buscaba respuestas y el mundo jamás me las dio», indicó.

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