29 Mayo 2011

Testimonios

Enviado por Administrador

¿Qué pasa con la mujer después de un aborto provocado? A las mujeres que hemos pasado por un aborto, nadie nos pregunta, nuestra realidad es oscura, triste, desordenada y maltratada. Nos “venden” que el aborto nos va a proteger de problemas de salud tanto física como psicológica, y la realidad es que nos provoca muchos más problemas. El síndrome post-aborto existe, hay suficientes estudios científicos que lo demuestran, e, incluso, los lobbys abortistas ya reconocen dicho síndrome. En España, Dña. Elena Salgado, Ministra de Sanidad del Gobierno actual, ha declarado que: “las mujeres no queremos abortar”. Esto es verdad, pero yo pregunto, ¿por qué si las mujeres no queremos abortar no se hacen políticas para ayudar a la mujer a seguir adelante con su embarazo? Hay una razón muy poderosa: el dinero. El aborto es el cuarto mejor negocio en el mundo, después de las armas, el narcotráfico y el comercio sexual de personas. Las mujeres que hemos abortado no experimentamos ni progreso ni libertad, al contrario, nos aboca al sufrimiento de por vida; participar en la muerte violenta de nuestros hijos nos marca de tal manera que aunque seamos capaces de sobrevivir, nuestra realidad es muy amarga, lo único que encontramos es silencio y soledad. Las mujeres que han sido acompañadas, presionadas u obligadas a abortar, luego son abandonadas por esas mismas personas que las han acompañado, presionado u obligado, porque no quieren comprender a esa mujer sumida en un abismo que, sin la ayuda adecuada, les lleva a la depresión, la angustia, la ansiedad, la autolesión, a tener pesadillas, alteraciones en el apetito sexual, o bien rechazo total o promiscuidad sexual. No hay término medio: a la promiscuidad se añade la necesidad ansiosa de volver a quedarse embarazada, para, de alguna forma, reparar la pérdida. Pero la realidad es que si la mujer que ha abortado se vuelve a quedar embarazada, suele volver a abortar. Los segundos, terceros o cuartos abortos de la misma mujer, son consecuencia del síndrome post-aborto del primero. La mujer, en la más absoluta soledad se hunde en su propio abismo; el sentimiento de culpa, la rabia e ira que genera el aborto provoca que la mujer maltrate a quien tiene a su alrededor, en especial al resto de hijos, si los hubiera.
El aborto genera violencia. Los datos oficiales dicen que en los últimos 10 años ha crecido la violencia en los colegios, los hogares, las calles, y el aborto en estos mismos 10 años ha crecido de una forma escandalosa… ¿acaso creen que no hay relación? Si aceptamos un acto físicamente violento en el inicio de la vida del ser humano, el resto de violencia viene por sí sola, sin respeto a la vida y reduciendo al hombre a la más mínima expresión, vulnerando su derecho a ser padre por el derecho a no ser madre, la violencia ocupa un lugar principal en nuestro corazón; las consecuencias ya las estamos viviendo y pronto las futuras generaciones nos pedirán cuentas, es probable que el precio que tengamos que pagar por nuestra permisividad y abandono no nos guste y sea demasiado tarde para remediarlo. En pleno siglo XXI, las sociedades caminan confusas sin rumbo, el desprecio por la vida provoca el desprecio a uno mismo, pero… ¡es tan
fácil echarle la culpa a los demás! La mujer ha conseguido muchos logros en estos últimos 70 años, pero no hemos sabido equilibrar tanto avance con nuestra vida particular, vamos dando bandazos de un extremo al otro, algo que confunde y asusta a los hombres. No nos dejemos manipular, cada uno de nosotros tenemos nuestra función en la sociedad y la obligación de luchar por el bien común, de todos. El bien común no es aceptar cambios radicales de las minorías a favor de la tolerancia. Con el aborto se benefician unos pocos sinvergüenzas a costa del sufrimiento de millones de personas, los hijos no nacidos, las mujeres que lo permitimos y los hombres que no sólo nos abandonan sino que luego pasan. Yo sufrí un aborto provocado hace ahora 12 años. Soy de un pueblo pequeño de Castilla La Mancha, tuve a mi primer hijo con 18 años y por tenerlo sola y enfrentarme al pueblo y a la familia, me hicieron pagar un precio muy alto: humillaciones, desprecios, etc., hasta el punto de llegar a la desesperación más profunda y plantearme el suicidio, llevándome a mi hijo conmigo. Gracias a Dios no lo llevé a cabo y seguí adelante. Me fui con mi hijo a Madrid a trabajar, pensaba que no me iba a volver a pasar, que yo ya lo sabía todo y la realidad es que me volví a quedar embarazada. El chico con el que salía me dijo que lo mejor que podía hacer era abortar, que ya bastantes problemas tenía para criar uno, como para plantearme criar a dos hijos… y desapareció. Me quedé sola y angustiada, no fui capaz de enfrentarme a mi familia de nuevo, y lo único que me ofrecieron fue abortar. Me dijeron que era fácil, indoloro, y que se me iba a acabar el problema. La realidad que me encontré fue muy distinta. Me dieron el teléfono del centro Dator de Madrid y me citaron para 24 horas después, sin tiempo para pensar. Cuando llegué lo primero que tuve que hacer fue pagar; en ese momento me convertí en un número para las estadísticas, es decir, me convirtieron en “nada”, mi condición de persona se vio reducida a la mínima expresión del ser humano. Me llevaron a una sala de espera, donde el panorama que encontré fue devastador para mí. No es una sala de espera cualquiera, donde los pacientes hablan entre ellos y se cuentan sus experiencias, en las salas de espera de los abortorios sólo hay tristeza, nadie habla con nadie, las mujeres gritamos sin voz y lloramos sin lágrimas. Perdí la noción del espacio y del tiempo y cada vez el abismo bajo mis pies era más profundo. Me pasaron a ver al ginecólogo, apenas me dirigió la palabra y por supuesto, no me enseñó el ecógrafo para que no pudiera ver a mi niño. Luego pasé a ver al psicólogo, allí mismo en el centro (la Ley dice que debe ser un especialista, un psiquiatra ajeno al centro donde se va a realizar la intervención; esto no es así, los que hay en cada centro de abortos, no son especialistas y cobran del mismo negocio). El psicólogo me enseñó un documento y me dijo que tenía que firmarlo para autorizar la intervención, que no me preocupara, que las consecuencias físicas que ponía el documento en cuestión no pasaban nunca, que estábamos en un centro muy limpio, moderno y seguro. La entrevista duró apenas 7 minutos, y yo en aquél momento hubiera firmado mi sentencia de muerte. Pero hay algo que me sorprendió y es que no me preguntó nada, si era soltera o casada, qué situación tenía… no le importaba lo más mínimo mi historia, lo único que quería es que yo firmara y punto. Luego me llevaron por un pasillo donde había muchas puertas y cuando entré en el habitáculo en cuestión, comprendí por qué, porque todo eran quirófanos para abortos. Una vez que entré, la señora que había allí me dijo que pasara al aseo y me desnudara; el aseo era más reducido todavía, apenas podía moverme. Cuando estaba en la camilla entró el abortero, y las únicas palabras que me dirigió fueron “tranquilízate o vamos a estar aquí hasta mañana”.
En ningún momento, desde que entré en ese centro hasta que salí, encontré una palabra amable, ni el más atisbo de humanidad; si entras en malas condiciones, en las que sales no se las deseo ni a mi peor enemigo. Yo, además, tuve muy mala suerte, como la mayoría de las mujeres que pasan por lo mismo, cuando terminó la intervención el abortero se marchó, y la señora de turno, cuando terminó de recomponer el cuerpecito roto de mi hijo no tuvo ni la más mínima consideración ni respeto y dejó a mi lado los restos de mi hijo. Cuando se los llevó, se llevó parte de mí misma y me quedé sin aire, no podía respirar. Como pude, me vestí y después de las recomendaciones lógicas tras la intervención, me llevaron a otra sala de espera distinta a la primera (¡claro!). Cuando salí a la calle me faltaba el aire, no sé cómo llegué a mi casa, pero pasé tres días llorando sin salir de la cama ni para comer, ni ir al baño. Tuve que seguir adelante con mi vida, es decir, sobrevivir como las cientos de miles de mujeres que sufren un aborto provocado. Durante años el síndrome post-aborto no me dejó vivir hasta que llegó un momento en que no podía más y pedí la ayuda psiquiátrica que necesitaba. Empecé a poder respirar con normalidad y a vivir serena, a recuperar algo de mi personalidad alegre que había perdido y pude descansar y empezar a vivir de verdad cuando volví a la FE y experimenté el perdón de Dios. Hoy puedo dar mi testimonio donde quieran escucharme para contar una verdad que a los que viven del negocio del aborto, no les interesa que se sepa, y además están incumpliendo la Ley desde hace 21 años. Hoy puedo decir que no hay derecho a que en pleno siglo XXI las mujeres se vean abocadas al aborto como corderos al matadero, en la más absoluta indefensión y desamparo. El aborto no es salud, provoca sufrimiento y víctimas y… ¡YA BASTA! El futuro del ser humano está en juego, el aborto genera violencia, concienciar a la opinión pública para que se sepa la verdad y se actúe en consecuencia es mi misión, porque el don de la Vida es el bien más preciado que tenemos.
 
Esperanza Puente Moreno

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