16 Ene 2016

Esperanza Puente abortó y tardó años en superar esa herida

Enviado por Galsuinda

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Sola, asustada, y con un hijo pequeño, Esperanza Puente se sometió a un aborto, pensando que era la única salida para ella. 

En la Iglesia encontró acogida, misericordia, y reconciliación con su hijo perdido, consigo misma, con quienes no la dieron más opción que el aborto, y con Dios. Con su ayuda superó el trauma postaborto. 

Hoy trabaja activamente ayudando a las mujeres embarazadas a abrazar el don de su maternidad, a acoger y acompañar en su dolor a las que se han sometido a un aborto voluntario, y a prevenirlo. 

Ha contado su testimonio en congresos nacionales e internacionales, en colegios, institutos y universidades, en foros médicos e incluso en la ONU.

Abortó abandonada, sin apoyos y mal informada
Esperanza Puente se encontraba sola, abandonada de su pareja y sin el apoyo de su familia para acoger la vida que empezaba a abrirse paso en ella. Tampoco encontró información veraz de lo que era el aborto. 

El miedo, la ausencia de alternativas, y la rapidez con que la ofrecieron el aborto, la empujaron a ello: “Me ofrecieron el aborto en 24 horas. En una situación de miedo, como yo me encontraba, no es el momento para tomar una decisión de ese calibre”.

Esperanza reconoce que, en la mayoría de los casos, el aborto no es algo querido libremente por la mujer, sino una imposición a la que se le empuja con toda la presión social y cultural, empezando muchas veces por la propia familia: “No es una decisión libre porque está muy condicionada; siempre hay un condicionamiento por el que la mujer se ve abocada al aborto. Prevalece mucho la presión, no sólo social sino familiar, especialmente del entorno”.

Los problemas no desaparecieron, sino que aumentaron: depresión, angustia, ansiedad, inestabilidad emocional, autodesprecio.

Esperanza habla del sufrimiento que le siguió al aborto: “En mi caso tuve problemas desde que se me realizó el aborto. Tuve problemas psicológicos con depresión, con angustia, con ansiedad, mi estado de ánimo era una montaña rusa… Mi vida cambió en negativo.”

Junto con un cuadro depresivo Esperanza comenzó a autodespreciarse y a lesionarse: “Hay muchas maneras de autolesionarse la mujer después de un aborto provocado, desde somatizar enfermedades que no tienes hasta 'me apetece un vaso de agua y no me lo bebo'. De un extremo a otro se pueden meter cualquier tipo de autolesiones; cada mujer es un mundo. Lo que sí es cierto es que después de un aborto hay muchas maneras de autolesionarse. Yo tardé un año en pedir ayuda”.

Ocultamiento de la verdad del aborto
La realidad es que a Esperanza, como a tantísimas otras mujeres en situación de aborto, no sólo no se las informa con veracidad de lo que esta práctica es, ni de sus profundas consecuencias, sino que se las oculta explícitamente la verdad del aborto: “No sólo no se informa sino que, a día de hoy, que hay tantos adelantos y no sólo estudios que demuestran que existe el síndrome post-aborto, aún hay profesionales de la psicología y la psiquiatría que aseguran que no pasa nada, que se olvida”.

Negación ante un hecho traumático
Pero como testimonia Esperanza, “la realidad es muy distinta. No es un hecho como el que va a sacarse una muela. Es un hecho traumático, violento, contrario a la mujer, a su esencia como ser humano. Tiene consecuencias sí o sí. Hay mujeres que tardan más, que entran en un proceso de negación que puede durar años y que aparentemente puedan vivir como si no hubiera pasado nada. Eso no les garantiza que en cualquier momento de su existencia puedan sufrir el trauma post-aborto. De hecho, yo me estoy encontrando mujeres que han abortado hace 15 ó 20 años y que han vivido como si no hubiera pasado nada, pero luego el nacimiento de un nieto, todo lo que tiene que ver con bebés, puede romper con ese silencio de conciencia y saltar con toda su virulencia”.

Ansiedad, depresión, mayor soledad, la herida interior
Las consecuencias psíquicas, emocionales y espirituales aparecieron en seguida. Esperanza empezó a pedir ayuda: “Tuve que pedir ayuda psiquiátrica y mi diagnóstico fue crisis de ansiedad aguda en grado máximo. Y como las mujeres estamos condenadas al silencio y a la soledad después de un aborto, nos cuesta mucho hablar de ello e incluso contarlo a los profesionales que nos pueden ayudar. Yo tardé 8 meses en contarle al psiquiatra que había abortado y una vez que lo conté la terapia cambió”.

Sanar la herida del alma
Esperanza pudo superar el síndrome post-borto entrando en un proceso de sanación interior: “El síndrome post-aborto lo superé, que es la herida humana. La herida espiritual también porque a fin de cuentas es un hecho tan traumático, que afecta tanto a la mujer en lo más profundo de su existencia, al final la herida espiritual hay que curarla”.

Para Esperanza, la fe es ha sido una gran ayuda para superar las gravísimas consecuencias del aborto. La herida del alma la tiene toda mujer que se ha sometido al aborto, y esto es así -como dice Esperanza-, “tanto si tienes fe como si no la tienes”. “Las mujeres que no tienen fe también tienen herida espiritual porque no somos seres vivientes que pululan por la vida, somos algo más. En el caso de las mujeres que tienen fe es un poquito más fácil porque tienes la esperanza del perdón”.

Esperanza acudió a la Iglesia y allí encontró la ayuda espiritual que necesitaba: “Más tarde encontré el camino a Dios, y experimenté el perdón de Jesucristo. Así me curé de las dos heridas que provoca el aborto: la humana y la espiritual".

El duelo por el hijo que murió
Junto a la sanación del alma está el duelo por el niño que murió. “Superar el duelo por esa pérdida para nosotras, las mujeres que hemos sufrido un aborto, es un poquito más complicado porque no lo hemos visto, no lo hemos tocado, no lo hemos personalizado pero sí tenemos la certeza absoluta de que ha existido. Y el duelo a veces se atasca un poco más”. 

No superar el duelo, y que este se atasque, forma parte de la autolesión. Como ha vivido Esperanza: “De alguna manera tengo que tener algo que me haga daño, que me duela… Durante muchos años de haber superado el síndrome post-aborto, el duelo lo tenía perfectamente atascado. Un profesional en un congreso me dijo: “Tú el duelo no lo has pasado. Pues hay que pasarlo porque eso es un dolor que está ahí interno, que duele y que hay que curarlo”. Que he perdido un hijo, o que tengo un hijo muerto, eso nunca se olvida”

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